miércoles, 15 de noviembre de 2017

Os salvaré la vida por Joaquín Leguina y Rubén Burén

Durante una época, leí mucho acerca de la historia de España del último tercio del siglo XIX y la primera parte del XX. Para llegar a entender o a intentar entender nuestra guerra civil, es indispensable remontarse hasta la perdida de las ultimas colonias de Cuba y Filipinas y desde luego, a las guerras en Marruecos. Como ejemplo de uno de los autores que mejor explica el semblante de aquella España, está Arturo Barea en su impresionante trilogía de La forja de un rebelde.

También en ese tiempo me interesé por la literatura escrita antes y durante la Guerra Civil. Obras como El Madrid de corte a checa de Agustín de Foxá, España sufre, diarios de guerra de Madrid republicano de Carlos Morla Lynch o los relatos de A sangre y fuego de Chaves Nogales, me ayudaron a hacerme una idea de lo que fueron aquellos terribles años de nuestra historia más reciente. En los años noventa se fue instalando en el tratamiento de este tema, tanto en la literatura como en el cine, una visión sectaria de esos años, supongo que de alguna manera ahora les tocaba a otros contar la historia, así que voluntaria y conscientemente me aleje de toda manifestación artística que se refiriese a esos tiempos.

Vuelvo a acercarme a ellos por, Os salvaré la vida, libro que recrea la historia de Melchor Rodríguez, el Angel Rojo, el protagonista de la última novela de Joaquin Leguina, a quien sigo desde hace años. Creo que he leído todas sus novelas desde su Tierra más Hermosa, en la que su evocación de la tierra cubana me pareció fascinante.  En esta ocasión, ha sido el artífice de dar forma y dotar de atmosfera al paisaje y al momento histórico y social en el que se desarrolla la historia y lo hace con su talante generoso, desde un punto de vista de superación y de reconciliación y no cono vindicación rencorosa, sino como tributo merecido a un personaje injustamente olvidado.

Es interesantísimo adentrarse en el Madrid de las checas en el que reinaba el caos y el desorden que propiciaban las sacas y matanzas de los presos absolutamente arbitrarias, en las que se fusilaba con o sin juicios populares y desde luego con una despiadada facilidad y completa impunidad. En ese clima de auténtico terror, Melchor Rodriguez se hace cargo de las prisiones dentro de la circunscripción del Madrid republicano y, utilizando la autoridad moral que se había ganado entre su gente durante los años de lucha, comienza un trabajo de liberación verdaderamente notable, salvando de la muerte a muchísimas personas utilizando como refugio incluso su propia casa, con la dificultad que entrañaba señalarse en medio de los que  era ya una auténtica guerra civil interna entre  las distintas fuerzas populares que quedaban en Madrid.

Rubén Burén a través de los recuerdos de su madre y de su abuela Amapola, hija de Melchor, aporta nuevos datos que alumbran y enriquecen el perfil humano del personaje con una actitud frente a la historia desprovista de la destilación de odio y rencor, que otros con menos motivos exhiben. Trasmite un sentimiento positivo de amor y reconocimiento hacia un hombre que arriesgó su vida y su libertad por salvar a otros con los que compartía exclusivamente la condición humana. Cuando todo a su alrededor invitaba a no hacerlo, el preservo su integridad moral. Rodríguez nunca abdicó de su condición de anarquista. Entregó la ciudad de Madrid a los vencedores y fue juzgado y condenado a prisión. No huyó como muchos, se quedó en España y aquí vivió hasta su muerte y, como en su vida, mantuvo la honestidad y la bondad de corazón que habita en pocos seres humanos.


A Leguina debemos agradecer que después de su larga dedicación al servicio público, en la que habrá tenido la oportunidad de conocer la condición humana en sus mejores y perores versiones, nos regale desde su faceta literaria este precioso testimonio sobre una persona luminosa en un tiempo oscuro que no debemos olvidar.