miércoles, 12 de noviembre de 2014

La rubia de ojos negros , por Benjamín Black

Banville, vestido con el traje de Benjamín Black y a sugerencia de los herederos de Raymond Chandler, acepta el reto de resucitar a Philip Marlowe  y construye un relato cuyo protagonista no sólo es que exista previamente en la literatura, es que además tiene una encarnación física en la persona de Humphrey Bogart, que le dio vida de forma  inolvidable en el cine.

Creo que sólo un gran escritor puede salir tan bien parado de semejante hazaña, y desde luego él lo hace.


La capacidad creadora del autor está limitada por el carácter  del personaje cuya personalidad todos tenemos interiorizada como si se tratase de alguien real: sentimental, impertinente, cínico y tierno. Pero no sólo es esto,  el escenario donde se desenvuelve la acción es también una realidad literaria preexistente. Nadie puede situar a Marlowe fuera de Bay City. Y lo que desde luego es  inmutable es la localización temporal. Banville no tiene problema con esto pues su Doctor Quirque vive en los años cincuenta. Dentro de este marco tan estrecho tiene que construir una historia a medida, no sólo del protagonista, sino también de los secundarios. Clare Cavendish podría perfectamente haber nacido de la mente de Chandler. Es un experimento interesante y, a pesar de la humildad que supone que un autor ya consagrado haga un remake de un personaje absolutamente consolidado, los lectores de Banville-Benjamín Black reconocemos su personalísimo estilo  en cada pagina, por no decir en cada frase, lo que me hace pensar en una variación musical, por ejemplo las que hizo Chopin sobre el Don Juan de Mozart.