lunes, 8 de enero de 2018

Kazuo Ishiguro, Premio Nobel de Literatura 2017

Me alegro mucho de haber conocido a Isihguro mucho antes de que le concedieran el premio literario más importante del mundo. No siempre es así, algunos escritores los he conocido al otorgarle el Nobel. En ese caso, casi siempre he comprado alguna de sus obras y he procurado conocerlo mejor pues creo en la calidad y en la excelencia que habitualmente tienen los autores que lo logran. Sin embargo, a veces, como el año pasado, la concesión a Bob Dylan del premio fue una decepción para mí, no porque no valore muchísimo la música del Dylan sino porque pienso que fue una extravagancia en el sentido más literal de la palabra.

Desde Los restos del día, he leído prácticamente todo lo que se ha traducido de él, la última que he leído, Pálida luz en las colinas, es la segunda de sus obras publicadas. En mi opinión, Ishiguro tiene las características de estilo para ser merecedor del Nobel. El suyo es personal, propio y reconocible. Aunque él se considera inglés por su formación académica y porque desde los seis años vive en Inglaterra, pienso que hay una clara influencia oriental en su forma de escribir por el ritmo y la cadencia lenta de sus relatos y por el misterio y la tristeza que sobrevuelan todos los temas sobre los que escribe. Esa “pálida luz”, que da título a su novela, es también una característica de su estilo; toda su obra posee esa atmosfera neblinosa tanto en los paisajes como en la forma enigmática con que desarrolla las tramas.

Ishiguro nació en Nagasaki, en el año 1956, solo once años después de la destrucción de la ciudad por los efectos de la segunda bomba atómica. Sus padres abandonaron Japón y se establecieron en Inglaterra, me resulta imposible pensar que la tragedia que vivieron, y el hecho de ser supervivientes de la misma, no afectase en nada en la formación del espíritu de su hijo.

Quizás Los restos del día, sea su novela más perfecta. Tiene la apariencia de un relato de costumbres en el que cada personaje representa, con extraordinaria profundidad, un tipo de individuo que no encuentra su lugar en el mundo nuevo que ha venido a reemplazar al tiempo y el modo de vida en el cual vivieron sus años mejores. Ishiguro, a través de Stevens, el mayordomo, nos conduce a través de los recuerdos de ese mundo que se acaba por episodios en que se unen intensas vivencias personales con las circunstancias que pondrán en juego la lealtad y la discreción que son el orgullo de su profesión. A la vez, a través del mayordomo, vamos entendiendo de su mano espacios anímicos que asolan a muchos de sus personajes como por ejemplo la soledad e incapacidad del protagonista de superar los obstáculos interiores para mitigarla. Con todos estos ingredientes, narrados con ritmo perfecto y siempre con esos deliberados vacíos de información que pueden ser o no rellenados por el lector, hacen de esta, una novela extraordinaria.

Nunca me abandones es también para mí una impresionante obra narrativa. En ella, la tristeza, la desesperanza y soledad de los personajes son la característica más relevante. Se mueven en una sociedad cruel y cínicamente desalmada. En una lectura superficial, podría considerarse como una distopía posible y creíble, inteligentemente estructurada y sin fisuras en su construcción intelectual. Pero hay una lectura mucho más profunda en la que el autor plantea cuestiones éticas y de orden espiritual, que son inquietantes y hacen pensar.

Cuando fuimos huérfanos y Los inconsolables son, en mi opinión, novelas más difíciles de leer sobre todo Los inconsolables, pues la característica enigmática de la trama, la incertidumbre de los hechos y el abuso de los episodios oníricos, me impiden acompañar a los personajes en el desarrollo de su trayecto vital.

A mí me parece un escritor extraordinario, pero al que hace falta ir conociendo despacio. Es importante empezar por su primera literatura, que es más explícita y menos enigmática, para entender las novelas posteriores, pero esta es una apreciación muy personal, es posible que a los demás no les parezca así.


lunes, 4 de diciembre de 2017

Irene Nemirovsky

Irene Nemirovsky se consagró con David Golberg como autora de éxito. De ella, he leído sus obras en orden inverso; la primera que leí fue la última que escribió, La suite Francesa, que fue encontrada por sus hijas y publicada mucho después de su muerte en el campo de concentración de Auschwitz. Después leí El baile y ahora David Goldberg.

Cuando termine David Goldberg, lo primero que se me ocurrió fue que, en sus primeras novelas, ella escribe sobre algo que conoce muy bien porque ese debió ser el mundo y las circunstancias donde creció, entre unos padres y en una sociedad que era tal y como las refleja en sus dos primeras obras. En David Goldberg, hace un retrato de un grupo familiar cuyo patriarca encarna una figura que debía parecerse mucho a su propio padre; asimismo, parece una experiencia personal la falta de estructura familiar y la distancia emocional que los caracterizaba. Tambien, permanece una idea imperturbable en David, muy propia de la cultura hebrea, que es la idea de la trascendencia en el seno familiar del legado construido por él, a pesar de todo lo único que le mueve a volver a recuperar su fortuna es entregársela a su hija.

Tanto en David Goldberg como en El Baile, Nemirovsky analiza con sus ojos de escritora y de mujer inteligente el ambiente en el que se desenvolvió su vida. Además, construye varios escenarios en los que se mueven vívidamente personajes un tanto arquetípicos. Proyecta sobre ellos una mirada crítica que, vista con la perspectiva de la historia, resulta muy interesante pues después del holocausto ningún autor judío ha sido tan implacable y descarnado al analizar el modo de vida de la sociedad judía, de aquellos que hicieron un ascenso social vertiginoso desde la pobreza o incluso la miseria en sus países de origen hasta la cima del poder y del dinero en las capitales europeas y americanas más relevantes en su tiempo. La frivolidad de los comportamientos de la mayoría de sus personajes son un ejemplo de su asimilación completa en la sociedad y solo alguno de ellos conserva esa sospecha de que en realidad no podrán nunca librarse de esa condición de advenedizos.

La Suite Francesa es otra cosa, en mi opinión su mejor novela; mucho más reflexiva y elaborada, se percibe en ella la madurez literaria y el equipaje de experiencia vital de la autora, es una novela reveladora y profundamente autentica al relatar el episodio histórico de la ocupación.

miércoles, 15 de noviembre de 2017

Os salvaré la vida por Joaquín Leguina y Rubén Burén

Durante una época, leí mucho acerca de la historia de España del último tercio del siglo XIX y la primera parte del XX. Para llegar a entender o a intentar entender nuestra guerra civil, es indispensable remontarse hasta la perdida de las ultimas colonias de Cuba y Filipinas y desde luego, a las guerras en Marruecos. Como ejemplo de uno de los autores que mejor explica el semblante de aquella España, está Arturo Barea en su impresionante trilogía de La forja de un rebelde.

También en ese tiempo me interesé por la literatura escrita antes y durante la Guerra Civil. Obras como El Madrid de corte a checa de Agustín de Foxá, España sufre, diarios de guerra de Madrid republicano de Carlos Morla Lynch o los relatos de A sangre y fuego de Chaves Nogales, me ayudaron a hacerme una idea de lo que fueron aquellos terribles años de nuestra historia más reciente. En los años noventa se fue instalando en el tratamiento de este tema, tanto en la literatura como en el cine, una visión sectaria de esos años, supongo que de alguna manera ahora les tocaba a otros contar la historia, así que voluntaria y conscientemente me aleje de toda manifestación artística que se refiriese a esos tiempos.

Vuelvo a acercarme a ellos por, Os salvaré la vida, libro que recrea la historia de Melchor Rodríguez, el Angel Rojo, el protagonista de la última novela de Joaquin Leguina, a quien sigo desde hace años. Creo que he leído todas sus novelas desde su Tierra más Hermosa, en la que su evocación de la tierra cubana me pareció fascinante.  En esta ocasión, ha sido el artífice de dar forma y dotar de atmosfera al paisaje y al momento histórico y social en el que se desarrolla la historia y lo hace con su talante generoso, desde un punto de vista de superación y de reconciliación y no cono vindicación rencorosa, sino como tributo merecido a un personaje injustamente olvidado.

Es interesantísimo adentrarse en el Madrid de las checas en el que reinaba el caos y el desorden que propiciaban las sacas y matanzas de los presos absolutamente arbitrarias, en las que se fusilaba con o sin juicios populares y desde luego con una despiadada facilidad y completa impunidad. En ese clima de auténtico terror, Melchor Rodriguez se hace cargo de las prisiones dentro de la circunscripción del Madrid republicano y, utilizando la autoridad moral que se había ganado entre su gente durante los años de lucha, comienza un trabajo de liberación verdaderamente notable, salvando de la muerte a muchísimas personas utilizando como refugio incluso su propia casa, con la dificultad que entrañaba señalarse en medio de los que  era ya una auténtica guerra civil interna entre  las distintas fuerzas populares que quedaban en Madrid.

Rubén Burén a través de los recuerdos de su madre y de su abuela Amapola, hija de Melchor, aporta nuevos datos que alumbran y enriquecen el perfil humano del personaje con una actitud frente a la historia desprovista de la destilación de odio y rencor, que otros con menos motivos exhiben. Trasmite un sentimiento positivo de amor y reconocimiento hacia un hombre que arriesgó su vida y su libertad por salvar a otros con los que compartía exclusivamente la condición humana. Cuando todo a su alrededor invitaba a no hacerlo, el preservo su integridad moral. Rodríguez nunca abdicó de su condición de anarquista. Entregó la ciudad de Madrid a los vencedores y fue juzgado y condenado a prisión. No huyó como muchos, se quedó en España y aquí vivió hasta su muerte y, como en su vida, mantuvo la honestidad y la bondad de corazón que habita en pocos seres humanos.


A Leguina debemos agradecer que después de su larga dedicación al servicio público, en la que habrá tenido la oportunidad de conocer la condición humana en sus mejores y perores versiones, nos regale desde su faceta literaria este precioso testimonio sobre una persona luminosa en un tiempo oscuro que no debemos olvidar.

lunes, 23 de octubre de 2017

Retorno a Brideshead por Evelyn Waugh

Supongo que poco puedo decir sobre este libro que no se haya dicho antes por personas más sabias y autorizadas que yo. Quizás para alguien que lea este blog, pueda ser mi punto de vista un motivo para leer esta maravillosa novela, de hecho yo no la habría descubierto a no ser por la lectura de Breviario de los saberes inútiles de Simón Leys, que dedica  a Waugh unas páginas llenas de admiración y entre otras, elige Retorno a Brideshead como una de sus mejores obras.

Figura en la lista de las 100 mejores novelas de la literatura universal de la revista Times, y desde luego a mi modo de ver con todo merecimiento pues es una obra maestra. Hay varios caracteres que creo que la hacen merecer este calificativo.  En primer lugar, la técnica literaria, la voz narradora, que está a cargo de Charles Ryder, un personaje que siendo también protagonista de la historia se sitúa a una distancia, que de algún modo le permite tener una perspectiva ecuánime sobre los hechos que se narran. Scott Fitzgerald en El Gran Gatsby utiliza un recurso parecido peroWaugh lo perfecciona. En segundo lugar, está el tratamiento de los personajes, en los que hace una especie de zoom reduciendo el plano al enfoque de cada uno de los miembros de la familia Flyte y desenfocando al resto a los que mantiene en los márgenes, levemente esbozados asomándose de cuando en cuando a la historia, pero sin profundizar en ellos.

Al comienzo del relato el protagonismo absoluto es para Sebastian que ocupa, por así decirlo, toda la escena. Se centra en su peculiar relación con Charles, una amistad de dos jóvenes que acaban de abandonar la adolescencia. Juntos, construyen un mundo excluyente en el que comparten la búsqueda de la belleza y encuentran en el otro un cómplice con quien transitar en el comienzo de su vida adulta y se aportán mutuamente consuelo y cura de sus carencias emocionales. Sería un análisis simplista calificar esta amistad como una relación homosexual, no hay pulsión sexual en ningún pasaje del relato de su intensa cercanía, pero sí se sugiere de alguna forma que los límites de los sentimientos son difusos y la fascinación que ejercen el uno sobre el otro da lugar a situaciones confusas. El personaje de Sebastian es exprimido y diseccionado hasta que de pronto lo aparta del curso de la historia para dar paso a Julia su hermana que coge el testigo y se convierte en el punto de mira con el que Waugh continuará.

El desarrollo de la acción bascula siempre entre el papel que desempeña Charles Ryder en la familia de los Marchmain y la presencia de la casa familiar, Brisdehead, a cuyo espacio están unido todos los personajes de una manera inevitable actuando como un potente imán a cuyo magnetismo les es imposible resistir. En este punto debo decir que echo de menos la disección de la figura de Lady Marchmain, ella planea sobre la vida de todos ellos con una potencia enorme, pero al final es la única que abandona la escena sin ser analizada.

Más tarde, vuelve a traer al centro del relato a un personaje que hasta entonces prácticamente solo nos había sido presentado de manera tangencial, Lord Marchmain, y a él lo utiliza para construir uno de los mejores pasajes de la novela y el que mejor encarna la tesis ultima que el autor quiso exponer. Wauhg dice de esta novela, y cito textualmente, que es una obra que “trata de lo que la teología llama la intervención de la gracia divina” es decir,  el acto de amor unilateral por el que Dios llama continuamente las almas hacia sí.

Una última reflexión que avala la excelencia de esta obra es la profundidad del mensaje que encierra y la naturalidad con que lo encaja en una trama que en una primera apariencia podría ser el relato banal y superficial del modo de vida de una familia de la aristocracia inglesa, con la peculiaridad de ser católica. Esto, que en un primer momento se presenta como algo extravagante y de alguna manera exótico, poco a poco va cobrando importancia en el dibujo de los personajes y en las decisiones que marcan sus vidas cobrando toda la importancia que tiene la huella indeleble que la educación en la fe católica les ha dejado.

En resumen, es un libro profundo e inteligente, sutil y elegante que deja en la imaginación de cada uno espacio para completar algunos finales.  No desciende en ningún momento al detalle exhaustivo de cada situación lo que dice mucho de la consideración que tenía sobre la inteligencia y capacidad de sus lectores.