domingo, 29 de julio de 2018

La muerte de Napoleón, por Simón Leys

Simón Leys es sobre todo un autor de ensayos aunque en alguna ocasión haya hecho incursiones en el género de ficción. He leído dos de las novelas escritas por él: Los náufragos del Batavia, y recientemente La muerte de Napoleón.

Leys no escribe novelas por el mero hecho de contar un relato sino que utiliza el relato para establecer una tesis y desarrollarla. Tanto Los náufragos del Bataviacomo La muerte de Napoleónestán sostenidas en algún hecho real sobre base la de la cual construye toda la obra. El hecho real en La muerte de Napoleónes la propia existencia de Napoleón Bonaparte. Sobre su carácter y la consideración de este como un personaje genial, Leys desarrolla la ficción de la huida de Santa Elena y la vuelta a Francia para intentar recuperar el cetro imperial. La tesis, en mi opinión, es que la condición genial de Napoleón afloraba en cualquier situación en la que se encontrase. A partir de esa premisa, Leys desarrolla para él una vida alternativa que pudiera haber sido posible si la huida hubiese sido verdad.

Simón Leys es un escritor fantástico y ninguno de sus escritos te deja indiferente. Fue una persona de una cultura asombrosa no sólo en lo que se refiere a literatura sino también  como orientalista más que notable y, sobre todo,  como gran pedagogo. Toda su obra esta imbuida de esa búsqueda de la trasmisión del conocimiento de manera accesible y ligera. En sus escritos, tanto ensayos como ficción, aporta un punto de vista muy personal y alejado de lo políticamente correcto, filosofía de la que estaba tremendamente alejado. Esto resulta especialmente interesante porque sus opiniones tienen una autenticidad muy gratificante en estos tiempos en que se han ido fabricando perfiles de escritores e intelectuales que de algún modo se habían blindado a juicios divergentes. Simon Leys no tiene ningún problema en revisar ciertas “verdades” y no lo hace de manera arbitraria sino con conocimiento y profundidad erudita. Desde luego que bajo un punto de vista subjetivo y propio, pero alejado de prejuicios en el sentido literal de la palabra. 

Personalmente prefiero sus ensayos literarios, muchos recogidos en Breviario de los Saberes Inútilesa su obra novelística. Sin embargo, también he disfrutado con esta novela aunque más con Los Naufragos del Batavia, que es verdaderamente impactante. 

domingo, 15 de julio de 2018

El perro canelo (Los casos de Maigret)por George Simenon

Si entráis de vez en cuando en este blog, sabréis de mi afición por el género policiaco en todas sus modalidades. Es raro, pero hasta ahora no había leído la serie del Comisario Maigret de George Simenon. No creo que pueda aportar nada nuevo a lo que ya se ha dicho del autor, que es un clásico en este género y que ha sido estudiado y comentado por críticos y sabios de la literatura. Sin embargo, quizás el punto de vista de una aficionada os anime a leerlo.

Hay algunas cosas que me han parecido singulares en El perro canelo, que es el título de la primera novela de la serie. En primer lugar, el comisario entra en escena cuando ya han sido esbozados algunos de los elementos que serán objeto de la investigación. Sin embargo, en todo momento el lector tiene la sensación de que él ya es consciente de alguna información. Sus conocimientos provienen de elementos de juicio completamente sutiles y del todo subjetivos que hacen imposible intentar adelantarse a la conclusión para conocer el desenlace. Al lector le faltan elementos de juicio, sólo conoce los hechos porque Maigret no informa de manera explícita acerca de sus consideraciones sobre los mismos. Ese punto de vista subjetivo se observa también en orden al tratamiento de los personajes de los que hace unos dibujos esquemáticos mediante pequeños gestos y algún leve guiño que, debidamente interpretados, arrojan luz sobre ellos y los define.

Otra de las cosas que me han llamado la atención es la asombrosa habilidad de Simenon para describir los escenarios y las situaciones. Con poquísimas indicaciones, apenas unas cuantas frases, proporciona mucha información y crea la atmosfera precisa que acoge la situación. Esta economía exige una agudeza y una maestría extraordinarias.

Me encanta tener por delante todos los episodios que componen la serie del Comisario Maigret. Los que sean aficionados a la novela policiaca, y aún no se hayan animado a empezar con Simenon, no creo que se decepcionen. Es realmente un maestro del género.


lunes, 18 de junio de 2018

La tentación del perdón, por Donna Leon

A pesar de que la última novela de la serie, Restos mortales, me pareció francamente mala, no me resisto a faltar a la cita anual con el comisario Brunetti, con su familia de dentro y fuera de la questuray, sobre todo, con Venecia. Me encanta acompañarlos en los trayectos por la ciudad y subir y bajar de los vaporetos que atraviesan el canal. Creo que es lo que más me gusta de los libros de Donna León, quizás por eso no me interesó la última novela, pues se desarrollaba en una isla pequeña de la laguna donde los paseos eran imposibles. 

Hace unos días, leí una entrevista de la escritora. En ella, contaba que cuando empezaba una nueva novela no sabía muy bien cómo iba a terminar y que, en su desarrollo, la historia derivaba hacia tramas secundarias que en un principio no estaban previstas. Pues bien, no sé si en las demás está claro que pasa, pero en esta, desde luego que sí. La novela comienza planteando un tema que enseguida es abandonado manteniendo alguno de los personajes invitados y añadiendo a otros que cambian incluso el asunto criminal del que es objeto la investigación.

Lo que pretende ser el leitmotiv de la novela y que le da título, la tentación del perdón, es lo que une y da cierta continuidad a la historia, pero todo ello cosido con alfileres. 

Está claro que Donna León ama a Venecia y le molesta muchísimo el asedio de los turistas y la perdida de autenticidad que sufre la vida cotidiana de la ciudad que corre el riesgo de convertirse en un escenario bellísimo, pero con una vida artificial. Cuando se queja amargamente del cambio que está sufriendo Venecia, yo me pregunto si no habrá pensado nunca que ella es parte del mismo, de la Venecia habitada por artistas extranjeros, que vinieron atraídos por su belleza y que ahora les molesta compartirla. 

Es parte del mundo que nos ha tocado vivir, la globalización y la socialización de los viajes, el interés por conocer lugares que en otros tiempos estaban restringidos a la mayoría, es algo inevitable y bueno, habrá que arbitrar soluciones que impidan las invasiones diurnas y el daño que provoquen los enormes cruceros al entrar en la laguna, pero no se puede impedir que la gente conozca esa ciudad que es una de las maravillas más preciosas que ha construido la mano del hombre. También es parte de este nuevo mundo la intensa comercialización del arte; en este caso de la literatura y sin embargo ella no pone reparos a publicar una novela cada año, supongo que, por motivos de contrato con la editorial, aunque estas se resientan en cuanto a la calidad y autenticidad. Se acaban convirtiendo en productos en serie desprovistos de alma.

 No me parece una buena novela, es como si las hiciera con plantilla  predeterminada, y está llena de lugares comunes. Creo que, si alguien leyera por primera vez a Donna Leon en La tentación del perdón, no entendería a los que la hemos seguido durante años.

domingo, 20 de mayo de 2018

Hozuki, la librería de Mitsuko por Aki Shimazaki

Este libro no es exactamente una novela, yo diría que es una especie de fábula, un cuento con un alto contenido moral y filosófico.

Está escrito en primera persona y esta no es una elección arbitraria porque busca una inmediatez perfecta entre lo que va contando y la propia percepción de los acontecimientos del personaje que narra. Casi todo el tiempo la voz es de Mitsuko pero, cuando es el momento de conocer la historia del personaje que hace de contrapunto, la señora Sato, la palabra pasa a ser de ella pero no se abandona la primera persona simplemente cambia el sujeto que habla.

También es relevante la elección de un estilo absolutamente minimalista, casi sin adjetivos ni adornos poéticos. No pone en la boca de las protagonistas ni un solo juicio moral sobre los hechos que relatan, ni una sola vez se lo permite. Si lo hay, es atribuido a otro personaje, importante pero secundario. Así, no hay en el lenguaje distracciones estéticas con la única excepción de las que dedica a los dobles significados que tienen las palabras en japonés en relación a la elección de los nombres.

Por lo demás, sólo expone los hechos y hace descripciones fotográficas de momentos puntuales. De manera inteligente va introduciendo información salpicada entre espacios cotidianos de la vida de su pequeña familia hasta completar un relato complicado y sorprendente.

Es una historia que nos conduce a pensar que cada acto de la vida, cada decisión que tomamos, trasciende al momento presente y tiene consecuencias en el devenir hasta que se recupera el equilibrio cósmico.

También plantea unas preguntas interesantes sobre los vínculos que unen a las personas como los lazos de sangre o los lazos afectivos, ¿cual prevalece?, ¿cual debería prevalecer?

En fin, pocas palabras para recomendar esta pequeña joya escrita con una elegancia y una sutilidad que lleva al lector a enredarse en la red que hábilmente Shimakazi ha tejido. Lo que es seguro es que, una vez terminado, este es un libro que hace reflexionar y que exige sacar conclusiones propias. 

lunes, 7 de mayo de 2018

El Orden del día por Éric Vuillard

Premio Goncourt 2016, esta obra no es una novela histórica, ni un ensayo propiamente dicho, es un relato de hechos reales que nos llevan a reflexionar sobre algunos aspectos acerca de los cuales la mayoría de nosotros había aceptado que ocurrieron sin más y quizás ha pasado suficiente tiempo para analizar los hechos bajo otra perspectiva.

Vuillard nos sitúa en febrero de 1933, en una reunión de las veinticuatro personas que representaban la mayor potencia industrial del continente europeo, todos ellos alemanes; desde Gustav Krupp, hasta IG Farben, pasando por Opel, Daimler, Telefunken o Agfa, fueron convocados para pedirles que financiaran un proyecto, liderado por Hitler, que cambiaría el mundo, prometiéndoles la supervivencia de sus empresas en el nuevo Orden.
Todos ellos, en mayor o menor medida, fueron beneficiarios del régimen Nazi. Alguno, Krupp sin ir más lejos, utilizó mano de obra proveniente de los campos de concentración donde encerraron a los judíos. Todos colaboraron a la construcción de la potencia militar y económica que en menos de diez años estaba preparada para lanzarse a la alucinante tarea establecer un nuevo Orden Mundial. Todas las grandes compañías que compartieron este encuentro sobrevivieron a la guerra y se engrandecieron hasta llegar a nuestros días, de lo que se infiere que funcionan como entes independientes de las naciones que los albergan y ajenos a las consecuencias nefastas a las que colaboraron a propiciar.

La primera reflexión a que me lleva este hecho es a pensar que hubiese ocurrido si Hitler hubiese obviado el antisemitismo y la pureza de la raza como eje fundamental de su pensamiento. Vuillard lo considera un demagogo, qué lejos de ser un creador de ideas simplemente tomaba prestadas de otros para construir su doctrina. Los judíos que vivían en Austria y en Alemania se sentían alemanes. Eran parte del pueblo, habían luchado en la Gran Guerra como oficiales y como soldados del ejército imperial. Cuando la guerra terminó estaban aún más asimilados, ejercían con éxito sus profesiones sin problemas. No había guetos en la Alemania de los años veinte. Cabe pensar que, sí hubieran sido convocados a formar parte del proyecto se hubiesen incorporado a él, con la inteligencia y la capacidad económica que tenían, proporcionado al régimen de Hitler un impulso irresistible, difícilmente superable. Esto pudo haber ocurrido de no ser porque Hitler si tenía una doctrina propia que se alimentó de prejuicios que habían echado raíces en el inconsciente colectivo, y que fue acogida por una mayoría asombrosa del pueblo. 

Otra de las cosas que siempre hemos aceptado sin cuestionarnos demasiado es la actitud de los austriacos acerca del Anschluss. En el imaginario cultural se ha extendido la idea falsa de que hubo una oposición al mismo cuando lo que ocurrió fue que se apoyó con entusiasmo la doctrina del espacio vital y que la idea de que Austria era alemana por idioma, cultura y raza. Se aceptó como una necesidad histórica, sin ninguna necesidad de usar la violencia. Son significativos los documentos gráficos que existen de la plaza del parlamento abarrotadas de una multitud enfervorecida que esperaba la llegada del Führer.

Otra de las cosas sobre las que nos hace pensar el libro es acerca de las relaciones y actitudes que tuvieron los dirigentes europeos respecto a la progresiva relevancia que estaban consiguiendo los movimientos de corte totalitario tanto en Italia como en la misma Alemania. La llamada microhistoria, nos muestra que existió simpatía y comprensión por parte de muchos políticos ingleses hacia sus homólogos alemanes. Es curioso y significativo el episodio que narra Churchill en sus memorias. El estadista británico cuenta que el 12 de marzo de 1938, Ribbentrop, ya como jefe de la diplomacia alemana, alargó sin ningún reparo la comida que le ofrecía Chamberlain en Downing Street como despedida como embajador cuando en ese mismo momento las tropas del Reich estaban invadiendo Austria.

Del mismo modo que hemos llegado a pensar, porque así lo han recreado el cine y las novelas, que desde siempre todos supieron de lo monstruosos que eran los Nazis, la verdad de la historia es que mantuvieron relaciones personales cercanas y cordiales prácticamente hasta que empezó la guerra.

Es un brillante modo de llevar al lector a contemplar la historia bajo un punto de vista diferente acercando la mirada a los hechos dándoles un enfoque distinto. Me ha gustado muchísimo.

domingo, 22 de abril de 2018

La transparencia del tiempo,por Leonardo Padura


Los que de vez en cuando siguen este blog, saben que soy una absoluta admiradora de Padura, así que no extrañara que diga que de esta nueva novela me gusta todo. Para empezar, el título; La transparencia del tiempo, a la vez que una imagen poética es un concepto profundo muy interesante acerca de la forma de entender el paso de los años. En este último episodio, Mario Conde cumple sesenta años, Padura los cumplió hace muy poco, por eso pienso que este personaje, que tiene tanto de él, es el vehículo perfecto para trasmitir los efectos que tiene el tiempo y la edad en la semblanza del hombre al hemos conocido hace más de veinte años y que de algún modo es trasunto suyo.

Todos los libros de la serie del detective ahora y antes policía tienen varias características que no han cambiado desde la primera entrega. En primer lugar, la nostalgia, un sentimiento que está presente en todas ellas; el objeto ,la extensión y la intensidad, de ese sentimiento va cambiando coherentemente con la trayectoria vital del protagonista .En los primeros libros era añoranza de  aquel grupo de jóvenes que se encontraron y unieron para siempre en el Pre de la víbora. Entonces, todo eran proyectos de futuro y esperanzas aún intactas. Con el paso del tiempo, el azote de las crisis económicas y políticas que han asolado Cuba en estos últimos veinte años hubo momentos en los que la amargura estuvo a punto de apoderarse del personaje.

Conde no es un héroe, es un hombre corriente y ese punto cínico pero divertido que era tan propio de él se tornó sombrío y triste. Ahora se enfrenta a una nueva etapa de la historia cubana. Asiste al nacimiento de una nueva realidad, que le duele enormemente. Su generación trabajo con la ilusión terminar con la miseria en que vivía la mayoría de los cubanos y aunque la pobreza y la escasez persistían, era una pobreza digna. Los últimos años de esta década los habitantes del interior han acudido a la costa buscando una oportunidad de subsistencia pues la profundidad de la crisis económica les hacía pasar hambre en sus lugares de origen. En los alrededores de la ciudad se han ido formando asentamientos de aluvión donde la miseria material es causa inmediata de todas las miserias morales que sufren los que viven allí. 

La segunda característica inalterable del personaje son los valores que son su seña de identidad: la honestidad, la lealtad y el amor a su tierra.

Honestidad, tanto material como intelectual, que, por encima de las dificultades, la traición y las decepciones se ha mantenido sin permitirse una sola flaqueza en ese aspecto. Conde observa cómo se desvanece el sueño al que aspiraron en su juventud, de un país próspero e independiente, y contempla el futuro que se aproxima rápidamente, con la sensación de no tener sitio en él.

La lealtad a sus amigos, en los malos momentos y los difíciles trances a los que les enfrento la vida, Conde siempre ha estado cerca sin una concesión al abandono, compartiendo con absoluta generosidad su tiempo y sus ganancias con ellos. Con cada deserción de alguno del grupo primigenio una parte de su corazón se ha dañado inexorablemente.

Y la última a la que quiero referirme, es el amor a su patria, Conde, como Padura, ama profundamente su tierra, a través de su mirada crítica, a veces despiadada, nos muestra una Habana ajada y abandonada, de fachadas descascarilladas y palacios convertidos en sombríos habitáculos que amenazan ruina. Pero siempre hay un resquicio por donde se cuela la belleza, al hablar de la luz, del azul de su cielo, el verde de las hojas, el esplendor mestizo de sus mujeres. Mario Conde nunca salió de la isla, le hubiese gustado que la vida no hubiera defraudado sus esperanzas juveniles, y quizás viajar, pero no se puede imaginar una vida fuera de allí y acepta el porvenir con lo que tiene de incierto.

Los sesenta años han hecho a Conde la mejor versión de sí mismo, supongo que el éxito literario de Padura tiene algo que ver en la evolución positiva del personaje, que lejos de la amargura afronta el futuro con una mezcla de interés, preocupación y esperanza. 

domingo, 15 de abril de 2018

Cuando sale la reclusa por Fred Vargas

Una nueva entrega de la serie del comisario Adamsberg viene a ratificar la originalidad y calidad del trabajo de Fred Vargas.

Cuando se escriben novelas que se constituyen en una serie indeterminada de episodios, es frecuente recurrir a una base prestablecida de personajes corales que pueblan el universo del protagonista. Estos perfiles no protagonistas se van dibujando a retazos, poco a poco en cada uno de los episodios y cada vez, elige a alguno de ellos para singularizarlo y profundizar en él, haciéndolo merecedor de una consideración especial en el protagonismo del relato. Es como si la autora diese por concluida la construcción de la personalidad del comisario, y le divirtiera añadir profundidad a los secundarios que en lo sucesivo cobraran importancia por sí mismos haciendo que el lector los conozca y los sitúe la vez siguiente.

También resulta interesante que incorpore personajes que pertenecen a otra de sus series policiacas para que colaboren en las investigaciones de Adamsberg. Por ejemplo, los tres evangelistas; en esta novela, Mathias, el arqueólogo, que es convocado para ayudar en cuestionas en las que es experto.

Estas características ayudan a la conexión con la realidad a cambio de lo extravagante y peculiares que son las tramas policiales en sus libros en las que siempre hay un cierto aire de fantasía que sobrevuelan los hechos. Así, se evita que lo más importante del relato sea la resolución de los casos y si el relato en sí mismo.

 En Cuando sale la reclusa hay alguna incoherencia en la construcción de uno de los personajes principales cuyas características personales son un poco imposibles, así como divagaciones oníricas que resultan un tanto farragosas. Con estas objeciones, esta, como todas las novelas de Fred Vargas, es muy divertida y la recomiendo aun cuando no se sea tan aficionada como yo al género policiaco.

domingo, 11 de marzo de 2018

A sangre y fuego, por Manuel Chaves Nogales.

La recopilación de estos relatos sobre la Guerra Civil, están subtitulados con el epígrafe “Héroes, bestias y mártires de España”.  Al hilo de este, debo decir que lo que queda en mi memoria después de haberlos leído, no son ni héroes ni mártires y si bestias. Los hombres se convirtieron en bestias sin piedad y parece que personas que albergaban muchas afrentas, años de miseria, probablemente de injusticia y humillaciones, pero que no eran violentas, fueron arrastradas en ese torbellino espantoso en esa vorágine de barbarie donde la sangre y la crueldad engendro más y más de lo mismo, llegando a rebasar los límites de lo creíble y acercando a los seres humanos a la condición de bestias sanguinarias y despiadadas. La calidad literaria, la precisión en el lenguaje y la brillantez de las descripciones, no han evitado el tremendo rechazo que me producía su lectura, alguno de los relatos ha conseguido que perdiera el sueño, preguntándome como pudo pasar aquello.

He leído que un prestigioso escritor español ha dicho que todos los jóvenes debieran leer A Sangre y fuego, en especial su prólogo, para comprender lo que fue la Guerra Civil. Estoy en completo desacuerdo. Este libro no se puede entender sin el contexto histórico que precedió al conflicto entre hermanos. Dónde y cuándo se plantaron las semillas de odio que germinaron hasta florecer de manera explosiva y descontrolada. La pérdida de las colonias, las dos guerras de Marruecos, la pobreza y escasez de las cosas más básicas, la injusticia, la desigualdad social, y lo que no es menos importante, la miseria moral de los dirigentes políticos, habían creado un caldo de cultivo que propició el crecimiento de sentimientos extremos.

He leído mucho sobre nuestra historia en la última década del siglo XIX y los primeros años del XX, La Forja de un Rebelde de Arturo Barea, por ejemplo, fue una obra que iluminó mi criterio y me ayudó a comprender las razones que desencadenaron la guerra.
Madrid, de corte a checa, de Agustín de Foxá, autor ideológicamente en las antípodas de Barea, hace también un relato más comprensible y contextualizado de los horrores de la guerra en la retaguardia, concretamente en Madrid. Lo que quiero decir es que sin ese conocimiento histórico del momento que vivía nuestra patria, los relatos de Chaves Nogales no son comprensibles, casi diría que a un lector joven le puede resultar increíble.

Otra conclusión que saco de la lectura de A Sangre y Fuego es que hubo dos guerras civiles. Una, entre dos ejércitos y en campos de batalla y otra en las retaguardias, esta última mucho más dolorosa y cruel, cuyas heridas fueron más difíciles de curar pues eran vecinos contra vecinos que habían convivido desde siempre y de repente se delataban, traicionaban y mataban entre sí.

Hay algo que he intentado comprender con relación a la información que mi generación tuvo sobre los años de la Guerra. Tengo cincuenta y ocho años, cuando nací, sólo hacia veinte años del fin de la contienda.  Pues bien, yo no recuerdo ningún relato de algún episodio de la Guerra Civil en toda mi infancia y mi adolescencia, y, es a partir de un momento no demasiado lejano en el tiempo, cuando empecé a conocer los dramas que se produjeron en mi propia familia.  Los tíos de mi padre, todos militares, unos en un bando y otros en el otro; en la familia de mi madre, de tres hermanas, dos republicanas, una de ellas exiliada que no volvió hasta la muerte de Franco y otra con su vida truncada por la muerte de su novio, teniente del ejército de la República, terminada ya la guerra, en la cárcel. Y mi abuela, casada con un falangista que paso los meses de la guerra en Málaga escondido en un almacén pues lo buscaban para matarlo. En fin, nada nuevo, esto se repitió una y otra vez en casi todas las familias españolas, pero después de aquel vómito inmenso de odio que fueron los tres años de guerra, fue como si todos se hubiesen vaciado y la única forma de seguir viviendo fue caminar hacia delante y no volver la mirada.

 En ambos lados, en el de los vencedores y el de los vencidos que se quedaron aquí, se impuso ese tácito acuerdo, y aunque obviamente hubo muchos rencores aparcados y transmitidos, la mayoría hizo posible la paz y los años de progreso que esta nos procuró.
La presencia en el subconsciente colectivo de nuestro pueblo del dolor y la tragedia en que nos sumió la guerra y las consecuencias de ella fue lo que impulso la transición pacífica hacia el futuro, que se produjo cuando aún estaban vivos algunos de los que fueron actores protagonistas, y muchos de los que sufrieron las consecuencias de los años duros y grises de la posguerra.


Cuando se leen los relatos que componen A sangre y fuego, uno se pregunta cómo puede haber gente interesada en avivar el odio que es un sentimiento humano pero que nos acerca a las bestias.

miércoles, 7 de febrero de 2018

Los 16 arboles del Somme por Lars Mytting

Estupenda novela. Una vez más, un autor noruego aparece en la escena literaria con fuerza y personalidad.

Una buena historia que comienza en los primeros años del siglo XX, durante la Primera Guerra Mundial, en el frente del Somme. Desde allí, los hechos se van sucediendo a lo largo de todo el siglo pasando por los grandes acontecimientos que ocurrieron en Europa que tuvieron una incidencia decisiva en la intricada trama familiar y de intereses que es el objeto de la novela.

El libro se desarrolla en tres escenarios diferentes: en la granja familiar en Saksum, situada entre los bosques de Noruega y las Islas Shetland, en el norte del Reino Unido, en Escocia, y en las llanuras del Somme, en Francia. Todos los escenarios están bien recreados y admirablemente descritos en todos sus pasajes, especialmente los noruegos y las islas.

La curiosidad y la voluntad de saber, se despierta en Edvard Hirifjell después de la muerte de su abuelo con el que se ha criado desde el fallecimiento de sus padres cuyas circunstancias habían sido parcialmente ocultadas por él. Desde ahí, Edvard, inicia un viaje hacia la búsqueda de la verdad decidido a completar todos los huecos que existen en el relato de su pasado, en el de sus padres, en el de si tío abuelo Einar, e incluso en el de su propio abuelo, quien era una persona de alguna manera distinta a la que él creía conocer. Poco a poco, de manera eficaz y entretenida, va encajando las piezas del puzle que forma la historia de su familia siempre transitando por los paisajes en que se desarrollaron los hechos históricos que al final enlazaron de manera estrecha a varias generaciones de europeos.

Me gusta el estilo escueto y limpio de los escritores nórdicos; no utilizan florituras poéticas, pero reconocen la belleza y la relatan quizás con frialdad, pero también con realismo.

Hay una cosa curiosa en esta novela que yo creo que puede ser un divertimento del autor y es la cantidad asombrosa de objetos excelentes que utilizan los personajes, descritos como si quisiera reseñar cada uno de ellos en un catálogo de la excelencia. Desde la música que escucha el abuelo Sverre: las cantatas de Bach y las sinfonías de Beethoven y Mahler dirigidas por Furtwangler o Klemperer, su coche, un Mercedes modelo de 1965, al que siempre se refieren como el “estrella”, la cámara de fotos de Edvard, una Leica M6, la barca de Gwen, una Riva de las de antes de hacerlas en serie, pasando por sus chaquetas Cordings de tweed, el tabaco de pipa que fumaba Einar, early morning pipe, o el balkan sobraine mixture, que fumaba Winterfinch, hasta los zapatos John Lobb  en su armario o las mejores escopetas de caza inglesa Dickson & Son. Cada vez que tiene ocasión, nombra un objeto de peculiar exclusividad. Hasta la clase de patatas que cultivan son de clases excelsas como las pimpernel o las ringerink.

Otra cosa curiosa es que tal y como pinta el modo de vida de un granjero noruego, no me parece que sea parecida a la que yo imagino que vive un agricultor español. Pero tampoco se mucho de cómo es en realidad la forma de vida de los noruegos, sean granjeros o no.

En fin, me ha gustado bastante. No pienso que sea una obra maestra, pero si es una novela con una calidad literaria notable.