domingo, 15 de abril de 2018

Cuando sale la reclusa por Fred Vargas

Una nueva entrega de la serie del comisario Adamsberg viene a ratificar la originalidad y calidad del trabajo de Fred Vargas.

Cuando se escriben novelas que se constituyen en una serie indeterminada de episodios, es frecuente recurrir a una base prestablecida de personajes corales que pueblan el universo del protagonista. Estos perfiles no protagonistas se van dibujando a retazos, poco a poco en cada uno de los episodios y cada vez, elige a alguno de ellos para singularizarlo y profundizar en él, haciéndolo merecedor de una consideración especial en el protagonismo del relato. Es como si la autora diese por concluida la construcción de la personalidad del comisario, y le divirtiera añadir profundidad a los secundarios que en lo sucesivo cobraran importancia por sí mismos haciendo que el lector los conozca y los sitúe la vez siguiente.

También resulta interesante que incorpore personajes que pertenecen a otra de sus series policiacas para que colaboren en las investigaciones de Adamsberg. Por ejemplo, los tres evangelistas; en esta novela, Mathias, el arqueólogo, que es convocado para ayudar en cuestionas en las que es experto.

Estas características ayudan a la conexión con la realidad a cambio de lo extravagante y peculiares que son las tramas policiales en sus libros en las que siempre hay un cierto aire de fantasía que sobrevuelan los hechos. Así, se evita que lo más importante del relato sea la resolución de los casos y si el relato en sí mismo.

 En Cuando sale la reclusa hay alguna incoherencia en la construcción de uno de los personajes principales cuyas características personales son un poco imposibles, así como divagaciones oníricas que resultan un tanto farragosas. Con estas objeciones, esta, como todas las novelas de Fred Vargas, es muy divertida y la recomiendo aun cuando no se sea tan aficionada como yo al género policiaco.

domingo, 11 de marzo de 2018

A sangre y fuego, por Manuel Chaves Nogales.

La recopilación de estos relatos sobre la Guerra Civil, están subtitulados con el epígrafe “Héroes, bestias y mártires de España”.  Al hilo de este, debo decir que lo que queda en mi memoria después de haberlos leído, no son ni héroes ni mártires y si bestias. Los hombres se convirtieron en bestias sin piedad y parece que personas que albergaban muchas afrentas, años de miseria, probablemente de injusticia y humillaciones, pero que no eran violentas, fueron arrastradas en ese torbellino espantoso en esa vorágine de barbarie donde la sangre y la crueldad engendro más y más de lo mismo, llegando a rebasar los límites de lo creíble y acercando a los seres humanos a la condición de bestias sanguinarias y despiadadas. La calidad literaria, la precisión en el lenguaje y la brillantez de las descripciones, no han evitado el tremendo rechazo que me producía su lectura, alguno de los relatos ha conseguido que perdiera el sueño, preguntándome como pudo pasar aquello.

He leído que un prestigioso escritor español ha dicho que todos los jóvenes debieran leer A Sangre y fuego, en especial su prólogo, para comprender lo que fue la Guerra Civil. Estoy en completo desacuerdo. Este libro no se puede entender sin el contexto histórico que precedió al conflicto entre hermanos. Dónde y cuándo se plantaron las semillas de odio que germinaron hasta florecer de manera explosiva y descontrolada. La pérdida de las colonias, las dos guerras de Marruecos, la pobreza y escasez de las cosas más básicas, la injusticia, la desigualdad social, y lo que no es menos importante, la miseria moral de los dirigentes políticos, habían creado un caldo de cultivo que propició el crecimiento de sentimientos extremos.

He leído mucho sobre nuestra historia en la última década del siglo XIX y los primeros años del XX, La Forja de un Rebelde de Arturo Barea, por ejemplo, fue una obra que iluminó mi criterio y me ayudó a comprender las razones que desencadenaron la guerra.
Madrid, de corte a checa, de Agustín de Foxá, autor ideológicamente en las antípodas de Barea, hace también un relato más comprensible y contextualizado de los horrores de la guerra en la retaguardia, concretamente en Madrid. Lo que quiero decir es que sin ese conocimiento histórico del momento que vivía nuestra patria, los relatos de Chaves Nogales no son comprensibles, casi diría que a un lector joven le puede resultar increíble.

Otra conclusión que saco de la lectura de A Sangre y Fuego es que hubo dos guerras civiles. Una, entre dos ejércitos y en campos de batalla y otra en las retaguardias, esta última mucho más dolorosa y cruel, cuyas heridas fueron más difíciles de curar pues eran vecinos contra vecinos que habían convivido desde siempre y de repente se delataban, traicionaban y mataban entre sí.

Hay algo que he intentado comprender con relación a la información que mi generación tuvo sobre los años de la Guerra. Tengo cincuenta y ocho años, cuando nací, sólo hacia veinte años del fin de la contienda.  Pues bien, yo no recuerdo ningún relato de algún episodio de la Guerra Civil en toda mi infancia y mi adolescencia, y, es a partir de un momento no demasiado lejano en el tiempo, cuando empecé a conocer los dramas que se produjeron en mi propia familia.  Los tíos de mi padre, todos militares, unos en un bando y otros en el otro; en la familia de mi madre, de tres hermanas, dos republicanas, una de ellas exiliada que no volvió hasta la muerte de Franco y otra con su vida truncada por la muerte de su novio, teniente del ejército de la República, terminada ya la guerra, en la cárcel. Y mi abuela, casada con un falangista que paso los meses de la guerra en Málaga escondido en un almacén pues lo buscaban para matarlo. En fin, nada nuevo, esto se repitió una y otra vez en casi todas las familias españolas, pero después de aquel vómito inmenso de odio que fueron los tres años de guerra, fue como si todos se hubiesen vaciado y la única forma de seguir viviendo fue caminar hacia delante y no volver la mirada.

 En ambos lados, en el de los vencedores y el de los vencidos que se quedaron aquí, se impuso ese tácito acuerdo, y aunque obviamente hubo muchos rencores aparcados y transmitidos, la mayoría hizo posible la paz y los años de progreso que esta nos procuró.
La presencia en el subconsciente colectivo de nuestro pueblo del dolor y la tragedia en que nos sumió la guerra y las consecuencias de ella fue lo que impulso la transición pacífica hacia el futuro, que se produjo cuando aún estaban vivos algunos de los que fueron actores protagonistas, y muchos de los que sufrieron las consecuencias de los años duros y grises de la posguerra.


Cuando se leen los relatos que componen A sangre y fuego, uno se pregunta cómo puede haber gente interesada en avivar el odio que es un sentimiento humano pero que nos acerca a las bestias.

miércoles, 7 de febrero de 2018

Los 16 arboles del Somme por Lars Mytting

Estupenda novela. Una vez más, un autor noruego aparece en la escena literaria con fuerza y personalidad.

Una buena historia que comienza en los primeros años del siglo XX, durante la Primera Guerra Mundial, en el frente del Somme. Desde allí, los hechos se van sucediendo a lo largo de todo el siglo pasando por los grandes acontecimientos que ocurrieron en Europa que tuvieron una incidencia decisiva en la intricada trama familiar y de intereses que es el objeto de la novela.

El libro se desarrolla en tres escenarios diferentes: en la granja familiar en Saksum, situada entre los bosques de Noruega y las Islas Shetland, en el norte del Reino Unido, en Escocia, y en las llanuras del Somme, en Francia. Todos los escenarios están bien recreados y admirablemente descritos en todos sus pasajes, especialmente los noruegos y las islas.

La curiosidad y la voluntad de saber, se despierta en Edvard Hirifjell después de la muerte de su abuelo con el que se ha criado desde el fallecimiento de sus padres cuyas circunstancias habían sido parcialmente ocultadas por él. Desde ahí, Edvard, inicia un viaje hacia la búsqueda de la verdad decidido a completar todos los huecos que existen en el relato de su pasado, en el de sus padres, en el de si tío abuelo Einar, e incluso en el de su propio abuelo, quien era una persona de alguna manera distinta a la que él creía conocer. Poco a poco, de manera eficaz y entretenida, va encajando las piezas del puzle que forma la historia de su familia siempre transitando por los paisajes en que se desarrollaron los hechos históricos que al final enlazaron de manera estrecha a varias generaciones de europeos.

Me gusta el estilo escueto y limpio de los escritores nórdicos; no utilizan florituras poéticas, pero reconocen la belleza y la relatan quizás con frialdad, pero también con realismo.

Hay una cosa curiosa en esta novela que yo creo que puede ser un divertimento del autor y es la cantidad asombrosa de objetos excelentes que utilizan los personajes, descritos como si quisiera reseñar cada uno de ellos en un catálogo de la excelencia. Desde la música que escucha el abuelo Sverre: las cantatas de Bach y las sinfonías de Beethoven y Mahler dirigidas por Furtwangler o Klemperer, su coche, un Mercedes modelo de 1965, al que siempre se refieren como el “estrella”, la cámara de fotos de Edvard, una Leica M6, la barca de Gwen, una Riva de las de antes de hacerlas en serie, pasando por sus chaquetas Cordings de tweed, el tabaco de pipa que fumaba Einar, early morning pipe, o el balkan sobraine mixture, que fumaba Winterfinch, hasta los zapatos John Lobb  en su armario o las mejores escopetas de caza inglesa Dickson & Son. Cada vez que tiene ocasión, nombra un objeto de peculiar exclusividad. Hasta la clase de patatas que cultivan son de clases excelsas como las pimpernel o las ringerink.

Otra cosa curiosa es que tal y como pinta el modo de vida de un granjero noruego, no me parece que sea parecida a la que yo imagino que vive un agricultor español. Pero tampoco se mucho de cómo es en realidad la forma de vida de los noruegos, sean granjeros o no.

En fin, me ha gustado bastante. No pienso que sea una obra maestra, pero si es una novela con una calidad literaria notable.


lunes, 8 de enero de 2018

Kazuo Ishiguro, Premio Nobel de Literatura 2017

Me alegro mucho de haber conocido a Isihguro mucho antes de que le concedieran el premio literario más importante del mundo. No siempre es así, algunos escritores los he conocido al otorgarle el Nobel. En ese caso, casi siempre he comprado alguna de sus obras y he procurado conocerlo mejor pues creo en la calidad y en la excelencia que habitualmente tienen los autores que lo logran. Sin embargo, a veces, como el año pasado, la concesión a Bob Dylan del premio fue una decepción para mí, no porque no valore muchísimo la música del Dylan sino porque pienso que fue una extravagancia en el sentido más literal de la palabra.

Desde Los restos del día, he leído prácticamente todo lo que se ha traducido de él, la última que he leído, Pálida luz en las colinas, es la segunda de sus obras publicadas. En mi opinión, Ishiguro tiene las características de estilo para ser merecedor del Nobel. El suyo es personal, propio y reconocible. Aunque él se considera inglés por su formación académica y porque desde los seis años vive en Inglaterra, pienso que hay una clara influencia oriental en su forma de escribir por el ritmo y la cadencia lenta de sus relatos y por el misterio y la tristeza que sobrevuelan todos los temas sobre los que escribe. Esa “pálida luz”, que da título a su novela, es también una característica de su estilo; toda su obra posee esa atmosfera neblinosa tanto en los paisajes como en la forma enigmática con que desarrolla las tramas.

Ishiguro nació en Nagasaki, en el año 1956, solo once años después de la destrucción de la ciudad por los efectos de la segunda bomba atómica. Sus padres abandonaron Japón y se establecieron en Inglaterra, me resulta imposible pensar que la tragedia que vivieron, y el hecho de ser supervivientes de la misma, no afectase en nada en la formación del espíritu de su hijo.

Quizás Los restos del día, sea su novela más perfecta. Tiene la apariencia de un relato de costumbres en el que cada personaje representa, con extraordinaria profundidad, un tipo de individuo que no encuentra su lugar en el mundo nuevo que ha venido a reemplazar al tiempo y el modo de vida en el cual vivieron sus años mejores. Ishiguro, a través de Stevens, el mayordomo, nos conduce a través de los recuerdos de ese mundo que se acaba por episodios en que se unen intensas vivencias personales con las circunstancias que pondrán en juego la lealtad y la discreción que son el orgullo de su profesión. A la vez, a través del mayordomo, vamos entendiendo de su mano espacios anímicos que asolan a muchos de sus personajes como por ejemplo la soledad e incapacidad del protagonista de superar los obstáculos interiores para mitigarla. Con todos estos ingredientes, narrados con ritmo perfecto y siempre con esos deliberados vacíos de información que pueden ser o no rellenados por el lector, hacen de esta, una novela extraordinaria.

Nunca me abandones es también para mí una impresionante obra narrativa. En ella, la tristeza, la desesperanza y soledad de los personajes son la característica más relevante. Se mueven en una sociedad cruel y cínicamente desalmada. En una lectura superficial, podría considerarse como una distopía posible y creíble, inteligentemente estructurada y sin fisuras en su construcción intelectual. Pero hay una lectura mucho más profunda en la que el autor plantea cuestiones éticas y de orden espiritual, que son inquietantes y hacen pensar.

Cuando fuimos huérfanos y Los inconsolables son, en mi opinión, novelas más difíciles de leer sobre todo Los inconsolables, pues la característica enigmática de la trama, la incertidumbre de los hechos y el abuso de los episodios oníricos, me impiden acompañar a los personajes en el desarrollo de su trayecto vital.

A mí me parece un escritor extraordinario, pero al que hace falta ir conociendo despacio. Es importante empezar por su primera literatura, que es más explícita y menos enigmática, para entender las novelas posteriores, pero esta es una apreciación muy personal, es posible que a los demás no les parezca así.