lunes, 4 de diciembre de 2017

Irene Nemirovsky

Irene Nemirovsky se consagró con David Golberg como autora de éxito. De ella, he leído sus obras en orden inverso; la primera que leí fue la última que escribió, La suite Francesa, que fue encontrada por sus hijas y publicada mucho después de su muerte en el campo de concentración de Auschwitz. Después leí El baile y ahora David Goldberg.

Cuando termine David Goldberg, lo primero que se me ocurrió fue que, en sus primeras novelas, ella escribe sobre algo que conoce muy bien porque ese debió ser el mundo y las circunstancias donde creció, entre unos padres y en una sociedad que era tal y como las refleja en sus dos primeras obras. En David Goldberg, hace un retrato de un grupo familiar cuyo patriarca encarna una figura que debía parecerse mucho a su propio padre; asimismo, parece una experiencia personal la falta de estructura familiar y la distancia emocional que los caracterizaba. Tambien, permanece una idea imperturbable en David, muy propia de la cultura hebrea, que es la idea de la trascendencia en el seno familiar del legado construido por él, a pesar de todo lo único que le mueve a volver a recuperar su fortuna es entregársela a su hija.

Tanto en David Goldberg como en El Baile, Nemirovsky analiza con sus ojos de escritora y de mujer inteligente el ambiente en el que se desenvolvió su vida. Además, construye varios escenarios en los que se mueven vívidamente personajes un tanto arquetípicos. Proyecta sobre ellos una mirada crítica que, vista con la perspectiva de la historia, resulta muy interesante pues después del holocausto ningún autor judío ha sido tan implacable y descarnado al analizar el modo de vida de la sociedad judía, de aquellos que hicieron un ascenso social vertiginoso desde la pobreza o incluso la miseria en sus países de origen hasta la cima del poder y del dinero en las capitales europeas y americanas más relevantes en su tiempo. La frivolidad de los comportamientos de la mayoría de sus personajes son un ejemplo de su asimilación completa en la sociedad y solo alguno de ellos conserva esa sospecha de que en realidad no podrán nunca librarse de esa condición de advenedizos.

La Suite Francesa es otra cosa, en mi opinión su mejor novela; mucho más reflexiva y elaborada, se percibe en ella la madurez literaria y el equipaje de experiencia vital de la autora, es una novela reveladora y profundamente autentica al relatar el episodio histórico de la ocupación.