domingo, 4 de septiembre de 2016

La saga de los Forsyte por John Glasworthy

Leer libros escritos en los  los albores del siglo XX  me lleva a hacer una reflexión sobre la manera en que cambia la forma de contar historias a causa de la aparición del cine. Esto puede sonar muy obvio pero al acercarnos a obras como esta lo primero que te sorprende es la importancia que tienen las descripciones. Hay una extenuante y exhaustiva puesta en escena de cada momento que hace que antes de que ocurra algo lo natural es que sepamos dónde está ocurriendo la escena, cómo es el lugar, en qué preciso espacio están situados los personajes en la escena, cuál es la temperatura  y   qué luz alumbra el momento. 

Ya he hablado de esta característica cuando he comentado obras de Henry James y hasta ahora no había pensado que posiblemente la aparición del cine como otra forma de contar historias en la que la imagen esta delante nuestra sin hacer falta  explicarla, ha cambiado la técnica narrativa de novelar. En 1906 se publica el primero de los cuatro libros que componen la primera parte de la saga, y el ultimo en 1921. Aunque el cinematógrafo ya existía, todavía  faltaba mucho para que se normalizara la asistencia al cine y más aún para que  se interiorizara y se viese como algo natural y automático la preexistencia del paisaje físico a la hora de contar una historia. En el cine, la oscuridad o el verdor de las hojas no hay que explicarla, simplemente se ven,  como  tantas otras circunstancias. Pero esto no es algo que suceda de un día para otro y lo cierto es que a lo largo del siglo XX  las descripciones materiales, físicas, han pasado a un  lugar secundario y sin embargo las que se refieren a  estados psicológicos o emocionales siguen teniendo gran importancia. El receptor de la historia la sitúa mecánicamente con unas pocas indicaciones y los recursos de su imaginación, y eso es gracias  a la cultura de la imagen que para nosotros es algo absolutamente asumido.

 Otra reflexión que me hago es que se escribía para lectores que tenían tiempo, y no hay intención en que la acción transcurra con ritmo rápido, y si con un interés por el matiz, la reflexión sobre los hechos, el análisis pausado de las actitudes y las motivaciones, en resumen, se escribía para pasar leyendo y pensando muchas horas.

La Saga de los Forsyte es una perfecta muestra de lo que digo. Se escribe con un propósito que es el de analizar y escrutar la aparición de una nueva clase social que es consecuencia de los años de bonanza que propicio la Inglaterra Victoriana,  que tenia nuevas  y propias características que la hacían totalmente distinta a la aristocracia o a los pequeños burgueses de tradiciones profesionales. Cada uno de los libros tiene un sentido y nada ocurre fuera del engranaje de la obra en su conjunto, es un prodigio de inteligencia y elegancia, es posible que le falte brillantez deslumbrante, pero la suple con una ejecución perfecta y constante.

Hay algo que también me gustaría comentar sobre la creación de un personaje  en una novela. Irene es un personaje que bien puede considerarse el eje en torno al cual siempre giran los acontecimientos, siempre esta presente, pero jamás se manifiesta directamente. Ella nunca habla en primera persona, solo la conocemos a través de los ojos de los demás, de todos los demás. Es una manera muy curiosa de construir un personaje  y que este  resulte completo y real a pesar de la visión poliédrica y subjetiva que de ella tenemos.  Es interesante que el misterio que  ella encierra  no  es desvelado  y en mi caso yo no acabo de entenderla ni me gusta especialmente, sin embargo, muchos con quien he compartido comentarios caen rendidos ante  ella.

 John Glasworthy recibió el Nobel en 1932 y desde luego es uno de esos que no decepcionan. Merece la pena encontrar un tiempo para leerlo, un verano o una convalecencia, sin  prisas. No os arrepentiréis.