domingo, 15 de octubre de 2017

Mi primera lectura en un libro electrónico.

Ya sé que llego tarde, pero es que me resistía porque mi afición por los libros como objetos de culto, aunque sean edición de bolsillo, me ha hecho demorar la experiencia de entrar en el futuro. Por fin me han regalado uno y voy a contar mi primera aproximación con toda la fidelidad posible. Primero pensé mucho en que es lo que quería leer como primer libro en el Kindle, y decidí que quería un clásico, algo que no estuviese recién sacado de la editorial, para ver si era verdad que es fácil acceder a títulos que no están en las librerías. Pues bien, pensé en El retorno a Brideshead, de Evelin Vaugh, que no es que sea un libro desconocido porque figura en la lista de las 100 mejores novelas de la historia de la revista Time, pero solo estaba disponible en inglés, imposible leerlo en castellano. Primer intento fallido. Mi segunda opción una novela de Anatole France, Los dioses tiene sed, que tampoco estaba disponible más que en francés. A lo mejor es normal, pero fue decepcionante. Finalmente desistí de buscar libros más o menos antiguos y me decidí por algo más o menos nuevo El cuento de la criada de Margaret Atwood, hacía tiempo que quería leerlo y allí donde estaba no es fácil encontrar libros.
  
Tiene la ventaja de poder leer con su propia fuente de luz, también la de poder aumentar el tamaño de las letras, y aunque un volumen sea muy grande nunca tienes que cargar con el peso que tendría en papel. Pero a mí me gusta tener memoria de en qué página está determinada frase, si en el par o en la impar, y en qué párrafo, si situado en la parte superior o inferior. La lectura en el Kindle es sobre una pantalla plana que pasa y ese ejercicio es imposible. También es bueno poder acceder a casi cualquier libro nuevo, por supuesto cuando estás en sitios donde no hay librerías lo cual no es algo infrecuente, pero no estoy de acuerdo en que el Kindle sea una especie de biblioteca universal, aún está a años luz de ser algo parecido.

Hay otra cosa se me ocurre cuando me dicen que el libro electrónico viene a sustituir de manera relevante al libro de papel. Muchos de los libros que tengo en mi biblioteca, de los que conozco la portada y me resultan familiares, no son obras maestras; algunos son buenos, otros son mediocres y otros decididamente malos, pero cada uno de ellos ha aportado algo a mi mente de lectora. El espacio físico que ocupan me recuerda inmediatamente su contenido y los hace accesibles a mi memoria. Esto podría parecer poco importante pues en el caso de libros muy vendidos, muy buenos o los que alcanzan el calificativo de clásicos, siempre estarán en alguna lista o en algún catalogo pero, ¿qué hay de los miles de otros que no han sido reeditados, que pertenecen a una editorial que ya no existe, que no están en otro lugar al que pueda acceder que no sea la estantería de madera en que se guardan? Muchos de estos han tenido su utilidad, podría escribir horas sobre el poder de evocación de cualquier libro o de cómo cuando se busca algo para leer o para recomendar, al ver el título en el lomo de papel, esta imagen es capaz de conducirte y guiarte hacia otros siguiendo un camino que sería imposible en la nube digital.

Es verdad que el papel ocupa mucho espacio, pero hay que vivir entre paredes y ¿de qué mejor que de libros pueden estar ocupadas? Recuerdo estar con mi padre muchas tardes en su desordenada biblioteca y como se le iluminaban los ojos cuando encontraba un libro que creía que me iba a gustar. Así he accedido yo a tantos y tantos libros a los que de otra manera no hubiese llegado; de pronto recuerdo la pentalogia de Benasur de Judea de Alejandro Núñez Alonso, que leí con veinte años y con el mismo entusiasmo he recomendado a mis hijos; o la colecciones de Aguilar de los premios Goncourt que facilitaban y aseguraban el acceso a una cantidad enorme de obras de altísima calidad, certificadas por la concesión de ese premio  y a las que de otro modo que no fuera las visitas a aquellos estantes no hubiese conocido.

Además, muchas experiencias como la de reconocer en paredes ajenas libros que te dicen mucho de las personas que los guardan serán imposibles si los volúmenes de papel desapareciesen.

Así que, resumiendo, me parece un instrumento útil e interesante pero no un sustituto. No me gustaría vivir en un mundo sin libros de papel que se manosearan, se anotasen y que encerrasen pétalos antiguos entre sus páginas para sorprender con más mensajes de los que la meras palabras digan.